Durante años ella respondió la pregunta diaria de muchos:
“¿Qué cocinaré hoy?”. Hace poco volvió a Cusco, su tierra natal, para ser
homenajeada. Teresa Ocampo es encantadora. Ha entrado al despacho del
alcalde provincial de Cusco y se ha sentado junto a él. Algo le ha dicho. El
hombre se ha derretido. Ha pronunciado un discurso entrecortado por los
nervios. A su lado, sonriente, Teresa lo escucha. Luego se levanta. El
burgomaestre le coloca una medalla. Los dos sonríen. Se acaban las fotos. Ambos
se sientan. La ceremonia ha terminado.
Teresa es una ciudadana ilustre de Cusco, donde nació
hace 79 años. Ella, con sus tres hijos, uno de sus nietos y primos que tiene en
la ciudad, ha ido a sellar la reunión con un almuerzo que se prolonga por
varias horas. No podía ser de otra forma. La comida para Teresa es la sustancia
que le da sentido a la vida.
Durante más de 20 años tuvo un programa en televisión sobre
cocina. Un libro amarillo que en letras azules llevaba el mismo título que su
programa, “¿Qué cocinaré hoy?”, aún se vende. Luego de varios años ha regresado
a Cusco y la emoción se le escapa en cada comentario. Precursora en esta
vorágine culinaria que vivimos –y comemos–, Teresa supo desde siempre que
cocinar era lo suyo.
“Vengo de familia de cocineros, mi madre cocinaba riquísimo.
Desde chica ya quería cocinar”, cuenta. Y para ella la familia resulta
tremendamente importante. “La cocina es lo que une a la familia”, agrega tras
un respiro.
Por ese apego a la familia, en su viaje a Cusco también ha
visitado una antigua fábrica de textiles en Lucre, distrito de la provincia de
Quispicanchi, a 20 minutos al sur de la ciudad de Cusco. La fábrica, fundada en
1861 por Francisco Garmendia y su esposa Antonia Nadal –antepasados de Teresa–,
fue una de las más importantes del Perú. Ahora, el lugar luce casi abandonado.
No lo está por completo porque Miguel Ángel Velarde, su actual propietario,
hace todo lo que puede porque el lugar no termine de desplomarse. Las máquinas,
como testimonio de lo que fue y ya no es, están en filas. Hilos detenidos entre
sus engranajes sugieren un final abrupto. Teresa pasea. Ve todo con cuidado,
como si cada cosa que captara fuera a encajar con un recuerdo en su memoria. Su
vista es diáfana, como el haz de luz que entra por un hueco en el techo.
Andrés, uno de sus hijos, toma fotos.
Ya no cocina. Teresa, la mujer que sin saberlo o sin
quererlo impulsó la cocina a través de una pantalla, dice que ya no y sus
explicaciones se pierden en lo bien que cocinan sus hijos. Claro, lo que se
hereda no se hurta.
La familia ha decidido ir a la casa-hacienda donde Teresa se
crio y vivió hasta los 5 años, antes de irse a Lima. Hay que cruzar unas
chacras. Está desierta. Teresa entra por el patio posterior y toma aire. “Acá
yo crecí”, dice y ve un umbral de piedra tapado hasta la mitad por adobes. Ve
un pino enorme. Ve a sus hijos entrar a la casa donde no hay nadie y antes hubo
tantos. Lo único que se mantiene bien conservado es una capilla que está
cerrada. Dentro, a través de unas rendijas en la puerta, se ve a la Virgen del
Carmen. El pica pica en el piso delata la celebración que se realizó su honor
menos de un mes antes. Le ha gustado regresar a la casa luego de más de 50
años.
Pero Teresa, señora transparente, no puede ocultar la
nostalgia. Acaricia una pared percudida y garabateada por algún niño. “Antes
todo era tan lindo”, dice. Silencio. “Pero, bueno, los años pasan por todo”,
dice. Silencio.
Todos salen. En el camino de regreso, por la parte delantera
de la casa y menos accidentado, Teresa les ha sonreído a todas las personas que
se ha cruzado. Les ha contado que ella es de ahí. Lo ha hecho feliz. “Cusco es
mi vida”, dice. No demora ni duda en decirlo. El paseo ha terminado con otro
almuerzo.
Fuente: Diario: "EL COMERCIO"
No hay comentarios:
Publicar un comentario